La facilitación, entendida como diseñar y conducir un proceso grupal participativo, puede tener un efecto transformador. En manos de un profesional experto, un proceso facilitado puede ayudar a un grupo a discutir cuestiones difíciles, resolver conflictos, tomar decisiones acertadas y usar bien su tiempo.
Sin embargo, la facilitación no es una panacea. Existen circunstancias en las que hasta el mejor facilitador no podrá actuar de manera efectiva – y otras en las cuales no sería ético intentar.
Éstas son algunas de esas situaciones:
- La decisión ya está tomada. Si la intención de reunir a las personas es hacer que “den validez” o “adhieran” a un plan en cuya creación no participaron y al que no pueden contribuir o cambiar, no es necesario un facilitador. Un vendedor convincente sería una mejor inversión.
- La única sede es un auditorio. Como sugiere la misma palabra, un auditorio (del Latín audire, oír) es para escuchar. Los asientos fijos frente a un escenario no permiten que los miembros del grupo estén frente a frente, formen círculos, se reúnan en grupos pequeños, o intercambien ideas y trabajen juntos de otra forma. Si no existen otros espacios donde pueda haber verdadera participación, no se necesita un facilitador. Un maestro de ceremonias será suficiente.
- No hay un propósito claro o resultados esperados de la reunión. Un facilitador puede ayudar a un líder o comité organizador a aclarar lo que esperan lograr al reunir a un grupo. Esta planificación es esencial para crear un evento que justifique el tiempo y la atención de quienes están invitados a asistir. Pero hasta que se haya realizado este trabajo, sería mejor cancelar o diferir la reunión y en vez de ella invitar a todos a almorzar.
- Se necesita un milagro – ya. Los facilitadores pueden ayudar a los grupos a lograr impresionantes avances, transformar conflictos de larga data y/o lidiar con asuntos complejos, pero este tipo de resultados no se puede entregar “por encargo”. Sólo poner a los actores clave en la misma sala por una hora o dos rara vez es suficiente para producir resultados milagrosos. Si no puedes dar al facilitador el tiempo para prepararse para un trabajo exigente, o dar a los participantes tiempo para que trabajen juntos, tal vez tu mejor recurso sea rezar.








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